jueves, 27 de setiembre de 2012

Christologia Desde la Reforma hasta el Siglo XIX



La Reforma

            Los Reformadores magisteriales mantenían cristología ortodoxa.  Pero el punto de vista de Lutero de la presencia real en la Cena del Señor necesitaba el punto de vista que después de la ascensión la naturaleza humana de Cristo es omnipresente.  Esto llevó a un punto de vista sobre el cummunicatio idiomatum al efecto que “cada una de las naturalezas de Cristo penetra la otra (peridhoresis) y que su humanidad participa en los atributos de su divinidad”.[1]  Pero no quisieron atribuir atributos humanos a la naturaleza divina.  Según la Formula de Concordia la naturaleza divina imparte sus atributos a la naturaleza humana, pero el ejercicio de estos depende de la voluntad del Hijo de Dios.  En realidad es una forma de eutiquianismo. 

            Había una controversia en la Iglesia Luterana sobre este tema.  Evidentemente la lógica del caso requería una comunicación de atributos desde el momento de la unión de las dos naturalezas.  Pero si así fuera, ¿cómo se explicaría la vida de humillación que se ve en los Evangelios?  Los teólogos de Giessen mantenían que Cristo dejó a un lado sus atributos divinos en la encarnación o solamente les utilizó ocasionalmente; los de Tuebingen mantenían que siempre les poseyó, pero les escondió o les utilizó solamente en secreto.  La Formula de Concordia tiende al anterior.  Hoy en día hay una tendencia a dejar esto a un lado y conformarse al punto de vista Reformado que las propiedades de cada una de las naturalezas se pueden atribuir a la Persona. 

            Los Reformados mantenían una posición cristológica ortodoxa, expresada más plenamente en la Segunda Confesión Helvética (1566):

“Artículo 11

 JESUCRISTO, DIOS Y HOMBRE VERDADERO Y ÚNICO SALVADOR DEL MUNDO

Cristo es Dios Verdadero.
                                              
    Creemos y enseñamos, además, que el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo fue predestinado e impuesto como salvador del mundo desde la eternidad. Creemos que ha sido engendrado por el Padre, no sólo cuando aceptó de la Virgen María carne y sangre y no sólo antes de la creación del mundo, sino antes de toda eternidad, y esto de un modo indefinible. Pues dice Isaías: « ¿Quién quiere contar su nacimiento?» (Isaías 53:8), y dice Miqueas: «Su origen es desde el principio, desde los días del siglo» (Miqueas 5:2). Porque también Juan manifiesta en su Evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1). Por eso     el Hijo igual al Padre en su divinidad e igual a Él en esencia, o sea, que es Dios verdadero (Filip. 2:11); y esto, por cierto, no puramente de nombre, ni por haber sido aceptado como Hijo, ni en virtud de alguna demostración especial de la gracia, sino por naturaleza y esencia, como el apóstol Juan también lo escribe: «Éste es el Dios verdadero y la vida eterna» (1.a Juan, 5:20).
  Dice Pablo: A su hijo lo «constituyó heredero de todo, por el cual, asimismo, hizo el Universo: El cual siendo el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia...» (Hebr. 1:2 y 3). Porque también en el Evangelio ha dicho el Señor mismo: «Ahora pues. Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo fuese» (Juan 17:5). Y en otro lugar del Evangelio leemos que los judíos intentaban matar a Jesús, porque él «llamaba a su Padre Dios, haciéndose igual a Dios» (Juan 5:18).
   De aquí que desechemos rotundamente la impía doctrina de Arrio y todos los arríanos, los cuales niegan la filialidad divina de Jesús. Y en especial desechamos radicalmente las blasfemias del español Miguel Servet y todos sus partidarios, blasfemias que Satanás, valiéndose de esos hombres, ha sacado del infierno contra el Hijo de Dios y anda esparciendo por todo el mundo de una manera insolentísima e impía.

Cristo, hombre verdadero de carne y hueso.

Creemos y también enseñamos que el Hijo eterno de Dios eterno se hizo hombre, criatura humana, de la simiente de Abraham y David; pero no en virtud de ser engendrado por un varón, como ha dicho Ebión, sino que fue concebido de la forma más pura y limpia posibles por el Espíritu Santo y nació de María, que siempre fue Virgen, como lo relata concienzudamente la historia evangélica (Mat. 1).

Cristo, hombre verdadero con carne y alma.

También Pablo dice: «Porque ciertamente no tomó a los ángeles, sino a la simiente  de  Abraham  tomó»  (Hebr.2:16). Igualmente afirma el apóstol Juan que quien no crea que Cristo ha venido en carne; quien así no crea, no es de Dios. Es decir, la carne de Cristo no era de aparente naturaleza, ni tampoco descendida del cielo, como soñaban Valentín y Marción. Tampoco carecía el alma de nuestro Señor Jesús de sentimiento y razón, como pensaba Apolinario; ni poseía un cuerpo sin alma, como Eunomio enseñaba;

Cristo posee alma y razón.

Sino que tenía un alma dotada de razón y un cuerpo con facultades sensoriales, que durante su Pasión le hicieron sufrir verdaderos dolores, como él mismo dice: «Mi alma está muy triste hasta la muerte» (Mat. 26:38). Y también: «Ahora  está turbada mi  alma» (Juan (12:27).

Las dos naturalezas de Cristo.

   De aquí que reconozcamos en nuestro Señor Jesucristo, el único y siempre el mismo, dos naturalezas o modos sustanciales de ser: Una divina y una humana (Hebr. 2). Acerca de ambas decimos que están unidas, pero esto de manera tal que ni se hallan entrelazadas entre sí, ni reunidas, ni mezcladas. Más bien están unidas y ligadas en una sola persona, de manera que las propiedades de ambas naturalezas siempre persisten.

Solamente un Cristo y no dos.

 O sea, que nosotros veneramos solamente a un Señor Jesucristo, pero no a dos Señores distintos. En una sola persona Dios verdadero y hombre verdadero, sustancialmente, según la naturaleza divina, igual al Padre; más según la naturaleza humana, sustancialmente igual a nosotros y en todo semejante a nosotros, excepto en lo concerniente al pecado (Hbr. 4:15).

Sectas, La naturaleza divina de Cristo no ha sufrido y su naturaleza humana no está en todas partes.

Por esta razón desechamos rotundamente la doctrina de los nestorianos, que de un solo Cristo hacen dos y desarticulan la unidad de la persona de Cristo. Asi mismo, condenamos la necedad de Eutiques y de los monotelistas o monofisitas, que borran las propiedades de la naturaleza humana.
Tampoco enseñamos que la divina naturaleza en Cristo haya sufrido o que Cristo en su naturaleza humana exista todavía en este mundo o se encuentre en todas partes.
Ni creemos ni enseñamos que el verdadero cuerpo de Cristo, luego de la glorificación, haya sucumbido o haya sido divinizado, y esto de manera que haya renunciado a las cualidades de cuerpo y alma retornando así a su naturaleza divina, o sea, que desde entonces tenga solamente una naturaleza.

Sectas.

De aquí que estemos completamente disconformes con las sutilezas necias, confusas y oscuras y siempre variadas de un Schwenkfeid y semejantes  acróbatas  intelectuales  con respecto a esta cuestión. Creemos, por el contrario, que nuestro Señor Jesucristo verdaderamente ha padecido en su carne por nosotros y por nosotros ha muerto,  como dice Pedro: (1.a Pedro 4:1).

Nuestro señor padeció Verdaderamente.

Aborrecemos la opinión loca de los jacobitas y todos los turcos, que niegan y escarnecen los padecimientos de Jesús. Al mismo tiempo, no negamos que el Señor de la gloria, según palabras del apóstol Pablo, haya sido crucificado por nosotros (1.a Cor. 2:8).

Communicatio Idiomatum.

 Con fe y reverencia nos valemos de la doctrina, que basada en la Sagrada Escritura manifiesta que las propiedades o cualidades anejas a una de las naturalezas de Cristo pueden aplicarse algunas veces también a la otra. Esta doctrina fue aplicada ya por los antiguos padres de la Iglesia al interpretar y comparar pasajes de la Escritura aparentemente contradictorios.

La verdadera Resurrección de Cristo.

  Creemos y enseñamos que este nuestro Señor Jesucristo con el cuerpo verdadero con que fue crucificado y murió ha resucitado de entre los muertos sin procurarse otro cuerpo en lugar del sepultado y sin adoptar espíritu en lugar del cuerpo, sino que conservó su cuerpo verdadero. Por eso muestra a sus discípulos, que  imaginaban  ver el espíritu del Señor, sus manos y sus pies con las heridas de los clavos, y al hacerlo, les dice: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Luc. 24:39).

La verdadera Ascensión de Cristo.

  También creemos que nuestro Señor Jesucristo con su mismo cuerpo ha ascendido a todos los cielos visibles hasta el mismo cielo, la morada de Dios y de los santos, hasta la diestra de Dios. Y si esto significa, en primer lugar, una verdadera comunión con la gloria y la majestad, aceptamos que el cielo es un lugar determinado, lugar al que el Señor se refiere en el Evangelio: «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Juan 14:2). Pero también dice el apóstol Pedro: «Es menester que el cielo tenga a Cristo hasta los tiempos de la restauración  de  todas las cosas»  (Hech. 3:21). Pero desde los cielos volverá de nuevo para el Juicio: Entonces es cuando la maldad en el mundo habrá llegado a su apogeo, y el Anticristo, después de haber destruido la verdadera fe e inundado todo de superstición e impiedad, habrá asolado la Iglesia a sangre y fuego (Dan. 11). Pero Cristo volverá para ayudar a los suyos, aniquilará con su venida al Anticristo y juzgará a los vivos y a los  muertos  (Hech.  17:31).  Pues  los muertos resucitarán (1.a Tesal. 4:14 sgs), y los vivos, que en aquel día (que ninguna criatura sabe cuándo será (Marc. 13:32) aun queden serán transformados en un momento y todos los creyentes en Cristo serán arrebatados en los aires, a fin de que juntamente con él entren en las moradas de la bienaventuranza y vivan eternamente (1.a Cor. 15:51 y 52). En cambio, los incrédulos y los impíos irán con los demonios al infierno, donde se abrasarán eternamente sin poder ser redimidos de sus tormentos (Mat. 25:46).

Sectas.

Por eso desechamos las doctrinas de todos aquellos que niegan la verdadera resurrección                                                                                                                                                                                                             del cuerpo (2.a Tim. 2:18)e igualmente desechamos la opinión de quienes, como Juan de Jerusalem (contra el cual ha escrito  Jerónimo), sustentan una idea errónea sobre los cuerpos celestiales.  Asimismo, desechamos la opinión de quienes han creído que también los demonios y todos los impíos llegarían a ser salvados y con ello acabaría su castigo. Pues el Señor ha dicho simplemente: «El gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga» (Marc. 9:48). Además desechamos los sueños judíos, según los cuales precederán al Día del Juicio una edad de oro en la que los piadosos, una vez aherrojados sus impíos enemigos, serán dueños de los reinos de este mundo. Pero la verdad conforme a los Evangelios y la doctrina apostólica es completamente diferente: Mat. 24 y 25; Luc. 18; también 2.a Tes. 2 y 2.a Tim. 3 y 4.
  
El fruto de la muerte y la resurrección de Cristo.
           
Continuando:  Mediante  sus padecimientos y  su muerte y todo aquello que nuestro Señor ha hecho por nosotros desde que vino en carne y por todo cuanto hubo de hacer y sufrir, él ha reconciliado al Padre celestial con todos los creyentes, ha borrado el pecado, arrebatado a la muerte su poder, quebrantado la condenación y el infierno, y por su resurrección de entre los muertos ha traído a la luz la vida y la inmortalidad y las ha repuesto, en fin. Pues él es nuestra justicia, nuestra vida y nuestra resurrección, y aún más: La perfección y redención de todos los creyentes, su salvación  y  su  superabundante  riqueza (Rom. 4:25; 10:4; 1.a Cor. 1:30; Juan 6:33 sgs; 11:25 sgs). Porque el apóstol dice: «Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Col. 1:19), «y en él estáis cumplidos, sois perfectos» (Col. 2:9 y 10).

Jesucristo,  el único Salvador del mundo y el verdadero y esperado Mesías.

   Enseñamos y creemos que este Jesucristo, nuestro Señor, es el único y eterno Salvador de la generación humana y hasta del mundo entero, en tanto por la fe todos son salvados: los que vivieron antes de la promulgación de la Ley, los que estaban bajo la Ley y los que estaban bajo el Evangelio han alcanzado la salvación o la alcanzarán antes de que llegue el final de este tiempo en que vivimos. Y es que el Señor mismo dice en el Evangelio: «El que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que entra por otra parte, el tal es ladrón y robador...» «Yo soy la puerta de las ovejas» (Juan 10:1 y 7). También dice en otro pasaje del Evangelio de Juan: «Abraham vuestro padre se gozó por ver mi día; y lo vio y se gozó»  (Juan 8:56). Pero también el apóstol Pedro dice: «En ningún otro hay salvación (fuera de Cristo); porque no ha sido dado a los hombres otro nombre bajo el cielo, nombre por el que somos salvos» (Hech. 4:12; 10:43; 15:11). En el mismo sentido escribe Pablo: Nuestros padres «comieron la misma vianda espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la piedra espiritual que los seguía, y la piedra era Cristo» (1.a Cor. 10:3 y 4). Así, también leemos que Juan ha dicho que Cristo es el cordero, sacrificado desde la fundación del mundo» (Apoc. 13:8). Y Juan, el Bautista, testimonia: «He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
   Por eso confesamos y predicamos en alta voz que Jesucristo es el único Redentor y Salvador, rey y Sumo Sacerdote, el verdadero Mesías esperado y bendito, al cual todos los ejemplos de la Ley y de las promesas de los Profetas han presentado y prometido de antemano. Dios nos lo ha dado a nosotros mismos como Señor y enviado de manera que no tengamos que esperar a ningún otro. Y nada podemos hacer, por nuestra parte, sino dar toda clase de gloria a Cristo, creer en él y hallar descanso solamente en él, considerando inferiores y desechables todos los demás apoyos que en la vida se nos ofrezcan.
   Porque todos los que busquen su salvación en otra cosa que no sea únicamente Jesucristo, han caído de la gracia de Dios y realizan el que Cristo no les valga para nada (Gal. 5:4).

Reconocimiento de las Confesiones proclamadas en los  cuatro primeros Concilios.

Dicho resumidamente: Nosotros creemos de corazón y confesamos libre y abiertamente con la boca lo que contienen las Confesiones de los cuatro primeros y más importantes Sínodos Eclesiásticos de Nicea, Constantinopla, Efeso y Calcedón, así como también la Confesión de Atanasio y demás Confesiones sobre el misterio de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo; pues todo ello se basa en las Sagradas Escrituras. Por el contrario, desechamos todo lo que contradice a las mencionadas Confesiones.

Sectas.

De este modo mantenemos firmemente la fe pura, sin mácula, justa y universal, la fe cristiana; porque sabemos que en las mencionadas Confesiones nada hay que no corresponda a la Palabra de Dios o no bastase para una verdadera exposición de la fe.”

            Ideas después de la Reforma

            Empezando en los siglos XVIII y XIX el enfoque en Cristo cambió.  Antes empezó con el Logos, la Segunda Persona de la Trinidad, y luego trató de interpretar la encarnación para hacer justicia a la unidad de la Persona del Salvador.  Pero durante el siglo XVIII empezó a examinarse el Jesús histórico, con énfasis en el cuadro del Salvador presentado en los Evangelios.  El punto de vista fue antropológico con la “búsqueda del Jesús histórico”.

            Pero esto también vino con un rechazo de autoridad y de lo sobrenatural y un énfasis en razón y experiencia.  No lo que la Biblia nos enseña en cuanto a Cristo, sino nuestros propios descubrimientos al investigar los fenómenos de su vida, y nuestra experiencia de él, fueron hechos el factor determinante al formular un concepto correcto de Jesús. 

            Se hizo una distinción entre el “Jesús histórico” visto en los Evangelios, y el “Cristo teológico” que era el producto de imaginaciones fértiles de teólogos desde el tiempo de Pablo, cuya imagen ahora se refleja en los Credos de la Iglesia. 

            Se pensaron menos en un Cristo sobrenatural y hablaron de un Jesús humano.  Abandonando la doctrina de las dos naturalezas, hablaron de un hombre divino.  Schleiermacher y Hegel vieron a Cristo como un Maestro humano, aunque único, o por  su sentido perfecto de unión con lo divino, o como la expresión de la unión que existe entre Dios y el hombre.  Pero el Cristo de la Biblia y él de los credos son él mismo Cristo.  Los dichos de la iglesia simplemente unen todas las varias ramas de datos bíblicos para formular una definición de lo que la Palabra de Dios en su totalidad revela.

            Muchos puntos de vista en este periodo se pueden resumir por decir que Jesús era un hombre que de alguna manera llegó a ser divino.  Pero él del siglo XIX quien ejerció más influencia sobre el pensar moderna acerca de la Persona de Cristo era Albrecht Ritschl (1822-1889). 

            Schleiermacher decía que Jesús fue humano, pero único en que poseyó un “sentido de unión con lo divino” perfecto y sin ruptura, quedándose sin pecado y perfectamente obediente.  Fue el Segundo Adán, verdaderamente hombre como el primero, pero en mejores circunstancias y quedándose sin pecado y perfecto en obediencia.  Es la nueva cabeza espiritual de la raza, capaz de animar y sostener la vida más alta de toda la humanidad.  Tenía una consciencia especial de Dios y era perfectamente religioso.  Por fe en él todos pueden llegar a ser perfectamente religiosos.  Pero aún así no es Dios llegado a ser hombre. 

            Kant enseñó que Cristo es simplemente un ideal abstracto, un ideal de perfección ética; Jesús fue el más eminente predicador de este ideal.  Fe en este ideal de perfección, que siempre era con Dios y llega a ser encarnado a la medida en que se realiza en una humanidad perfecta, es lo que salva.  O sea es un ideal y no la Persona de Jesucristo, que salva.

            Hegel pensó que las creencias de la Iglesia en cuanto a Cristo son simplemente símbolos de verdad metafísica.  La historia es el proceso de Dios llegando a ser.  Dios llega a encarnarse en la humanidad y esta encarnación expresa la unidad de Dios y el hombre.  La encarnación única de Jesucristo es la culminación de esto.  La humanidad reconoce en Jesús un gran maestro ético, pero fe va más allá y le reconoce como divino y como terminando la trascendencia de Dios.  Todo lo que hace llega a ser una revelación de Dios.  En Jesús Dios “nos levanta hasta la consciencia (panteísta) divina”. 

            Teorías Kenóticas enseñan en cuanto a Fil 2:7 que en la encarnación Cristo se vació de su divinidad, y entonces se incrementó en sabiduría y poder hasta que por fin de nuevo asumiera la naturaleza divina.  Depende del exponente hasta que punto se considera que Cristo se desvistió, pero la idea popular era que esto era total.  Esto intentó enfatizar la verdadera humanidad de Cristo tanto como la grandeza de su humillación.  Pero en realidad es un retroceso de Calcedonia, tanto como es anti-bíblico.  

            Hay serias objeciones a esta interpretación.  En primer lugar la palabra evke,nwsen el aoristo del verbo kenow no significa “vaciarse”, sino “hacerse de ningún cuenta o importancia”.  Además el objeto de la acción no es la divinidad de Cristo sino su estado de igualdad con Dios en poder y gloria.  El Señor de la gloria se hizo de ninguna cuenta por llegar a ser un siervo.  Las teorías kenóticas son subversivas a la doctrina de la Trinidad, contrarias a la doctrina de la inmutabilidad de Dios y en contra a pasajes bíblicos que dan atributos divinos al Jesús histórico (Jn 8:58; Mat 18:20; Jesús muestra omnisciencia en Jn 1:47; 2:25; 4:29; 11:11-14; y poder divino en Mar 4:39; y autoridad Mar 2:10).

            Cirilo de Alejandría dijo correctamente en una epístola a Nestorio que el Logos eterno “se sujetó a nacimiento por nosotros y salió hombre de una mujer, sin botar lo que era; pero aunque asumió carne y sangre, se quedó lo que era, Dios en esencia y en verdad... aún en el seno de su virgen madre, llenó toda la creación como Dios...”[2]              

            Después de Schleiermacher, Ritschl es uno de los más influyentes teólogos en cuanto a su doctrina de Cristo.  Enfatizó la obra de Cristo, no su Persona: la obra determina la dignidad de su Persona; él es un simple hombre, pero por causa de su obra, correctamente le atribuimos “el predicado de Deidad”.  El que hace la obra de Dios se puede describir en términos de Dios.  Cristo, revelando a Dios en su gracia, verdad y poder redentor, tiene para el hombre el valor de Dios, y entonces se le puede dar honor divino.  No habla de la pre-existencia, encarnación ni el nacimiento virginal de Cristo, porque estos no tienen ningún punto de contacto en la experiencia de la comunidad creyente.

            En mucha teología moderna se ve a Cristo como un hombre que difiere de otros hombres solamente en que estaba más consciente de Dios que los demás.  Así es la revelación más alta del Ser Supremo en su palabra y obra.  Esencialmente todos los hombres son divinos, porque Dios es inmanente en todos y todos son hijos de Dios.  Cristo es diferente solamente en grado.  Es distinto solamente por su más grande receptividad para lo divino y su consciencia superior de Dios.   
           
            En todo esto se ve que son los pensamientos de los hombres, y no la Palabra de Dios, que están determinando lo que creen acerca de Cristo.  Al abandonar la autoridad de las Escrituras los hombres abandonaron los credos y confesiones de la iglesia que se basaron en ellas. 



[1] Neve Lutheran Symbolics p 132
[2] Carta de Cirilo a Nestorio con XII Anatemas en NPNF Serie II tomo 14 p 202

Desarrollos Recientes en la Doctrina de la Persona de Cristo





            Teología contemporánea, en distinción de la del siglo XIX, nació en 1919 con la publicación del Comentario sobre Romanos por Karl Barth (1886-1968).  Él, sim duda, tuvo más influencia sobre la teología del siglo XX que cualquier otro.  Mucho de lo que dijo fue una reacción loable contra el Liberalismo del siglo XIX, pero su doctrina de Cristo es errónea.  A él no le importó si los hechos históricos acerca de Jesús eran verídicos o no.  Fe no se basa en hechos históricos, sino en un encuentro personal con Cristo.  Así se corta el cristianismo de la historia y así se destruye su base.   Sin embargo Barth ve a Cristo como Verdadero Dios, pero rechazó sus estados de humillación y exaltación: “¿Qué sentido puede haber en hablar de un hombre como humillado?  Eso es natural al hombre.  ¿Y qué sentido puede haber en hablar de Dios como exaltado? Eso es natural a Dios.” Definición histórica no cuenta por nada.  Cristología moderna empieza con el rechazo de Calcedonia.

            Más radical que Barth, pero igual en influencia, fue Rudolph Bultmann (1884-1976).  Como Barth, Bultmann no vio la Biblia como la Palabra inspirada de Dios.  Él  decía que los Evangelios no nos dan una vista autentica de Jesús, Más bien expresan lo que la Iglesia Primitiva le vieron ser.  Necesitamos demitologizar la Biblia para ver como era el verdadero Jesús.
           
            Así Bultmann ignore el hecho que el Nuevo Testamento fue escrito por los apóstoles de Cristo o bajo su superintendencia.  No dejo suficientes datos para formular una doctrina de la Persona de Cristo.  A la Persona pre-existente y gloriosa del Nuevo Testamento le vio como un mito inventado por los primeros creyentes para su predicación, pero que no tiene validez para nosotros hoy en día.  Necesitamos ir detrás de los formas de pensar de la iglesia primitiva y presentar al Cristo que encontramos allí de una manera significativa para la gente moderna.

            La verdad acerca de Jesús está en los pasajes que registran sus enseñanzas, y no en los que registran sus hechos.  No dudó que Jesús vivía una vez, pero dudó que podemos decir mucho más acerca de él aparte de esto.  Los pocos trozos auténticos de sus enseñanzas que la iglesia primitiva poseía fueron hechos en una narración artificialmente coherente por medio de detalles “históricos” de secuencia, tiempo, lugar etc. inventados.  Se debe descontar estos y concentrar en la poca información que resta al quitarle.  La predicación de Jesús es lo que importa, a tal punto que ni siquiera sí Jesús mismo lo hizo o no.  “Quienquiera prefiere el nombre de ‘Jesús’ siempre dentro de comillas y dejarle estar como abreviación para el fenómeno histórico con que estamos preocupados, está libre hacerlo” (Jesús y la Palabra p 16ss).  Es el mensaje, y no la persona o su historia que constituye el “evento de Cristo”.  Jesús anunció que el “Día de Decisión” había venido y Jesús nos llama a arrepentimiento y amor.

            La segunda fase es la predica de la iglesia primitiva. Esta contiene elementos claramente míticos como la resurrección y pretensiones contenidos en los títulos “Señor” e “Hijo de Dios”.  Pero al quitar estos descubrimos que Dios ha actuado decisivamente en la historia, no en los eventos de la vida de Jesús, sino en la predicación.  Esto nos llama a decisión y decisión tiene dos enfoques, la cruz y la resurrección.  Creer en la cruz es simplemente estar dispuestos a ser crucificado con Cristo y creencia en la resurrección es creencia en predicación.         

            Como hemos visto, Bultmann no nos deja con ningún “Evangelio” sino con exigencias a cumplir con Dios.  Además no hay ningún Salvador vivo para ayudarnos,  ninguna gracia sobrenatural para sostenernos y ninguna esperanza futura a inspirarnos.  Ni podemos orar con sentido, porque Dios nunca interfiere en el continuo de espacio y tiempo.

            Cristo no es único.  No fue pre-existente (ni post-existente, como la resurrección es un mito).  Su obra no deriva su significado de su Persona, más bien su persona es significante solamente por su mensaje, que no sabemos, porque la iglesia primitiva lo cambió.       

            Bultmann, como Barth, destruyó el fundamento del cristianismo en la historia.  Ignoró el hecho que el mensaje del Evangelio de la iglesia primitiva se centró en la Persona y la obra de un Cristo histórico, y así redujo su influencia a la nada.  Rechazó el sobrenaturalísimo del cristianismo histórico y proclamó un sistema que, a pesar de algunos términos en común, fue una religión de su propia mente.

            Esto es algo que necesitamos enfatizar.  La teología moderna no es una perversión del cristianismo histórico.  Ni siquiera podemos llamarla un desvío de ella, porque es difícil ver que las dos tienen un punto de partido en común.  Es algo totalmente ajeno, extraño y otro.  Utiliza muchos de los términos utilizados por la histórica fe cristiana, pero les da un significado totalmente diferente.  Los términos de los credos y confesiones históricos tienen poco significado para las teologías modernas.  Se meten tanto en ideas filosóficas que no tienen nada de importancia que decir, a pesar de sus pretensiones de estar pertinente.

            Una aparente excepción es Oscar Cullmann (1902-1999), quien en su Cristología del Nuevo Testamento apela a las Escrituras y tiene algunos pensamientos valiosos sobre su tema.  Sin embrago, no está dispuesto decirnos que tenemos una historia fidedigna de la vida y las enseñanzas de Jesús.  También insiste que el Nuevo Testamento no tiene mucho interés en quien es Cristo en sí, en su Persona.  Entonces no le ve como parte de la Trinidad ontológica.  En otras palabras, no es Dios en el sentido histórico de la palabra.  La “Cristología” de Cullmann es funcional no más, es lo que Cristo hizo que importa, no quien es.  Para Cullmann lo que hizo define lo que es (p. 347).  Pero Cristo revela a Dios solamente porque es Dios.  Podemos definir revelación como la auto-manifestación de Dios solamente si apariencia y esencia van juntas: “el concepto de la auto-revelación de Dios contiene la idea que el Revelador y lo que se revela son idénticos” (Wolfhart Pannenberg  Jesús.-Dios y Hombre p. 129).  Ontología es indispensable. 

            Para serle justo, Cullmann ha respondido positivamente a criticas por parte de algunos Católicos romanos en cuanto a su falta de ontología.  Su tipo de funcionalismo simplemente significó que el Nuevo Testamento no tuvo Interés en el ser de Cristo fuera de su obra de Mediador, y ningún interés en sus naturalezas aparte de su manifestación en la historia de salvación También indicó que el funcionalismo del Nuevo Testamento presupuso “el ser divino y la persona divina del Cristo pre-existente”.  Además, lejos de ver una oposición entre Calcedonia y el Nuevo Testamento, Cullmann insistió que “el momento que la cuestión de naturalezas, aunque no está en sí presente en el Nuevo Testamento, se surge, el dogma formulado por este Concilio corresponde a lo que la cristología del Nuevo Testamento presupone”(SJT 15 1 Marzo 1962).

            Otros “Cristologías” modernas incluyen las de Paul Tillich (1886-1965) para quien nada histórica importa.  El dicho que Dios llegó a ser hombre no tiene sentido para él.  No le  importa si Cristo haya  resucitado o no con tal que su dignidad se restaurara en las mentes de sus discípulos.  Para Tillich Cristo no era nada en sí mismo, sino el símbolo en quien alienación de la base de nuestro ser se supera. 

            Alfred North Whitehead (1861-1947) y los de su escuela de “Teología de Proceso” hablan de Cristo como el único hombre en quien Dios ha obrado, pero negaron la idea que fue Dios encarnado.  Para ellos Dios sigue desarrollándose junto con el mundo.  Dios no puede entrar en el mundo desde afuera, porque esto sería interferir con el proceso del mundo.  Pero lo que es posible para Dios solamente se puede saber a través de revelación; y sí Jesucristo es la revelación de Dios, entonces es absolutamente cierto que Dios es capaz de efectuar una entrada única a un lugar particular en un tiempo particular.  Pero Dios no llega a su creación como invasor, él siempre mantiene lo que ha creado (Col 1:15-17; Jn 1:9-11; Heb 1:1-4). Además, como el hombre fue hecho a la imagen de Dios era posible para Dios llegar a ser hombre.   

            Jurgen Moltmann (1926-) tiene a un Cristo que es alguien a quien mencionar de vez en cuando, pero cuya resurrección física no se cree y en quien su Teología de Esperanza no depende.  Sin embargo en su segundo tomo, El Dios Crucificado Moltmann es mucho más positivo. 

La cruz del Cristo resucitado es el otro lado del levantamiento del Cristo crucificado como la fundación teológica para esperanza cristiana (ix).  En este sentido, para Moltmann Teología de la Esperanza requiere como un complemento el recuerdo del Cristo crucificado.- El Dios Crucificado.  Así la cruz del Cristo resucitado en El Dios Crucificado se entiende desde la perspectiva del problema de teodicea y se interpreta por los temas de amor, sufrimiento y solidaridad dialécticos, o sea la solidaridad amorosa de Dios con el  mundo en su sufrimiento.  En el contexto de una teología de la cruz, Moltmann desarrolla el tesis que cristianismo verdadero debe mantener ambos lados de las varias alternativas que muchas veces se presentan para un entendimiento del cristianismo.- evangelización y humanización, la “dimensión vertical” de fe y la “dimensión horizontal” del amor del prójimo,  la humanidad y divinidad de Jesús.  Para Moltmann todas estas dimensiones  coinciden más eficazmente en la cruz de Jesús.  En conexión con la controversia del teísmo versus ateísmo, desarrolla una teoría del “Dios sufriente”.  La cruz de Cristo representa no simplemente la muerte de Jesús, sino la identificación de Dios con el sufrimiento del mundo en el sufrimiento de Cristo.  Cristo murió como un rebelde político y “de los pobres”.  En Cristo “Dios también sufrió por su compromiso político y social a los oprimidos y los pobres, quienes son sus verdaderos seguidores” (vea p.122-136)

Así para Moltmann el Cristo crucificado clama por una revolución en el concepto de Dios:“Dios y el sufrimiento ya no son contradicciones” sino “el ser de Dios está en el sufrimiento y el sufrimiento está en el ser mismo de Dios, porque Dios es amor” (p. 227): Por esto el ser humano “puede abrirse al sufrimiento y al amor” en “simpatía con el patetismo de Dios” (p. 303).

Los argumentos de Moltmann en El Dios Crucificado hacen surgir algunas preguntas sobre el significado sustitucionario de la cruz, la expiación y el patropasionismo. 

En sus tomos de Teología Sistemática ha producido una Cristología: Cristología:  El Camino de Jesucristo (1990).  En esta Moltmann trata de pensar en Cristo ya no estáticamente “como una persona en dos naturalezas o como una personalidad histórica”, sino más bien trata de “entenderle dinámicamente, en el movimiento adelante de la historia de Dios con el mundo” (xiii).  Critico tanto del modelo clásico cosmológico como del moderno antropológico de Cristología, él elabora un Espíritu-Cristología, escatológica, soteriológica que está inclusiva tanto de la naturaleza como de la historia.  Al hablar de la persona mesiánica de Jesús, su Cristología no sigue las Cristologías tradicionales.- los conceptos metafísicos de naturaleza o esencia y la doctrina protestante del oficio triple de Cristo.  Más bien, mira a la persona divina en las relaciones de su ministerio mesiánico en la historia de su vida.  Jesús es “todavía solamente el Mesías en el camino y el Mesías en su devenir” (139).   Así en la practica es una Cristología funcional por más que habla de Cristo en la escatología.

            Con razón Moltmann tuvo bastante influencia en la Teología de la Liberación.   En realidad sus raíces de esta última están en la obra de Moltmann.  Él tiene una base teológica liberal y una política marxista desde las cuales analiza y hace toda su teología.  Sin duda tiene un compromiso profundo con los que trata de alcanzar, pero su sistema no lleva a la igualdad sino al césaro-papismo de la Iglesia Griega Ortodoxa con su doctrina de la Trinidad social y las dictaduras izquierdistas que hemos visto en los países marxistas del siglo XX.   
           
            El Cristo de la Teología de Liberación aparentemente sería ortodoxo, puesto que sus exponentes son generalmente católicos romanos comprometidos con la formula de Calcedonia.  Pero, mientras la resurrección habla de liberación, es el Jesús de la historia que provee las enseñanzas y ejemplos de liberación que quieren seguir. 

            Jesús era pobre, y estaba en una tradición profética que condenó la opresión.  (Vea Luc 4:18 para una definición de su misión en términos de los pobres.)  “Su gesto más fundamental es estar al lado de seres humanos en una situación concreta donde la estructura política-religiosa existente ha deshumanizado a la gente” (J. Sobrino Cristología p. 92). 

            Pero la realidad es que Jesús era totalmente indiferente a distinciones de clase.  Se asoció con ricos tanto como con pobres.  Además algunos liberacionistas aceptan posiciones liberales, como Sobrino, al decir que Jesús “no predicó acerca de si mismo” (Cristología p. 60).  Pero esto es exactamente lo que hizo (Mat 7:23; 11:28; 25:1-46).  Por esto antes de todo el cristianismo es adoración, es aceptar quien es este Cristo y reconocer sus pretensiones. 

            La Teología de Liberación define el Reino de Dios en términos de una utopía de igualdad para todos y liberación de opresión, hambre, injusticia etc.  Pero esto no toma en cuenta muchos de los datos del Nuevo Testamento.  Por ejemplo el Reino llegó con la llegado de Jesús (Mar 1:15).  Además para entrar en él es necesario nacer de arriba (Jn 3:3) mientras muchas de las metas de la Teología de Liberación se pueden lograr políticamente.  Seguir a Jesús no resultó en liberación de pobreza sino negación (Mat 19:29).  La gloria del Reino estaba al otro lado de una tribulación que ningún creyente verdadero podía evitar (Hech 14:22).
            Su teología de la cruz, basada en la de Moltmann, tiene sus defectos.  En la cruz Dios llega a participar en el proceso de protesta.  La cruz es la revelación más profunda de Dios.  Dios se deja afectar por la historia en el Hijo.  El mundo está cogido en el amor inter-trinitario y la cruz nos incorpora en la actitud de Dios hacia el mundo. 

            Mientras se habla mucho del abandono del Hijo por el Padre, no llega al significado central de la cruz como un hecho de sacrificio, un rescate (Mar 10:45).  En el Nuevo Testamento la cruz libera, es redención de esclavitud (Gal 3:13; 5:1; Efes 1:7).  Somos libres de la culpa, el poder y las consecuencias del pecado.  Los que están libres llegan a ser una fuerza para liberación en otras áreas.  La Reforma captó este sentido de liberación y llevó a libertad política donde llegó.  Pero el cristiano no mueve hacia liberación, sino desde ella (Col 1:13).

            En realidad a la Teología de Liberación le falta una teología de expiación.  Así Jesús no libera, sino ofrece un paradigma para hacerlo. Pero mientras tenemos que seguir su ejemplo (Rom 8:29; Fil 2:5; I Ped 2:21) no podemos hacer esto en cuanto a redención.  Esta ya está completa (I Ped 1:19).  Él no es una inspiración para liberación desde el pasado, sino Él que tiene toda autoridad en el presente (Mat 28:18).  No es un Cristo ausente, una vez activa en la historia pero ahora retirado.  Él está presente como el Libertador

Wolfhart Pannenberg (1928- ) le contradice a Moltmann y proclama al mundo que Cristo sí nació de una virgen y resucitó de la muerte.  El entendimiento distintivamente cristiano de revelación para Pannenberg está en la manera en que eventos públicamente disponibles se interpretan.  Él reafirma la importancia de historicidad en la revelación de Dios.  La resurrección de Jesús es un evento en la historia públicamente accesible y objetivo para Pannenberg.  Por medio de la resurrección todos tienen conocimiento indirecto de Dios.  Parte de la razón para la indirección en el programa histórica de Pannenberg es su orientación escatológica que afirma que la iglesia no conocerá a Dios directamente hasta la consumación.

            Para Pannenberg la “historia” es revelación mientras “presencia dialéctica” es revelación para Barth.  El entendimiento más recién de revelación fue “experiencia interna” como expresado en el enfoque de Schleiermacher en Dios-conciencia.  Doctrina como revelación es el modelo tradicional, sean las “verdades eternas” de solamente las Escrituras (teología luterana), o de la doctrina de la iglesia (la teología católica de Trento) o una combinación de las dos (la teología de Vaticano II).  La propuesta de Pannenberg es interesante porque está tratando de ir más allá del pietismo sujetivo de Schleiermacher y el “positivismo revelacional” de Barth.  Su aceptación tanto por teólogos conservadores como liberales muestra que su síntesis ha tenido éxito al nivel de reconciliación teológica.  Está abrazado por los liberales porque no corre de los problemas de filosofía de la historia señalado por Troeltsch, como relativismus, mientras, de igual modo está abrazado por los conservadores por su cristología y soteriología ortodoxas.  Pannenberg cree que Jesús es Dios: “Sí Dios es revelado por medio de Jesucristo, entonces quien o que Dios es llega a definirse solamente por el evento de Cristo.  Entonces Jesús pertenece a la definición de Dios, y así a su divinidad, a su esencia” (Jesús.-Dios y Hombre p. 130).   Pero para Pannenberg Cristo era falible y pensó que su resurrección coincidiría con el fin del mundo y la resurrección de todos los creyentes.

            El Cristo de los teólogos modernos, cualquier forma que toma, es un ejemplo que seguir no más, y la manera de seguirle es por acción social o política según el criterio del teólogo.  Así el mundo perece sin darse cuenta que está en peligro por causa de su propio pecado y ofensa contra un Dios santo, ignorante que este Dios mismo ha provisto la redención que el mundo necesita y que le ofrece a todos los que vienen al Cristo revelado en las Escrituras.  La Palabra de Dios está clara en cuanto a quien es el Señor Jesucristo.  Los antiguos credos y confesiones han resumido la verdad bien.  Podemos decir con claridad al mundo pereciendo:                                                     
           
            “El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, igual y de una sustancia con el Padre, habiendo llegado la plenitud del tiempo, tomo sobre si la naturaleza del hombre1, con todas sus propiedades esenciales y con sus debilidades comunes, mas sin pecado2. Fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen Maria, de la sustancia de esta3. Así que, dos naturalezas perfectas y distintas, la divina y humana, se unieron inseparablemente en una persona, pero sin conversión, composición o confusión alguna4. Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre, un Cristo, el único mediador entre Dios y el hombre5”.

1 Jn 1:1, 14; I Jn 5:20; Filp 2:6; Gal. 4:4;  2 Heb. 2:17, 4:15;  3 Luc.1:27, 31, 35; Gal. 4:4; Hech. 17:31;  4 Luc. 1:35; Col. 2:9; Rom. 9:5; I Tim. 3:16;   5 Rom.1:3,4; I Tim 2:5
(Confesión de Fe de Westminster VIII:2).